domingo, 8 de enero de 2012

De Barcelona a casa

En Heraklion tomamos un ferry nocturno a Atenas. En el trayecto conocimos y nos unimos a Christian y Christopher, dos amigos, uno francés de madre sevillana y el otro americano, que estaban de viaje por Grecia. Cenamos intercambiando experiencias e historias y buscamos una moqueta mullida donde tirar nuestros cuerpos, ya que seguíamos acumulando cansancio. Piraeus, puerto de Atenas, nos recibió de lunes encapotado y lluvioso. Encontramos un alojamiento barato en el centro de la ciudad,barato para ser Europa pero desorbitado comparado con lo que veníamos pagando. Llegábamos en medio de un ambiente tenso debido a los malos tiempos que atravesaba la economía griega. Se veían caras largas y miradas de preocupación. La primera noche, junto a Christian y Christopher, salimos a conocer la marcha de la capital. Duramos poco pero nos gustó el ambiente nocturno. Al día siguiente subimos a visitar el complejo de la Acrópolis, o lo que queda de él, ubicado sobre una roca que domina Atenas. Junto a las espectaculares vistas, lo mejor: el templo del Partenón construido en el S.V a.C y el anfiteatro.


El Partenón

A la mañana siguiente, Christian y Chistopher nos ayudaron a llevar las bicis "encajadas" al metro y tras despedirnos partimos al aeropuerto. Nos hubiera gustado estar más tiempo explorando Atenas, pero teníamos que ir avanzando pues queríamos pedalear desde Barcelona a Bilbao.

Degustando el yogur griego mientras llega el metro

Aterrizamos en Barcelona. Como el cambio de ruta fue bastante repentino e inesperado, para nosotros también, decidimos dar alguna sorpresa a los familiares y amigos que teníamos en la ruta hacia Bilbao. Otros nos darían la sorpresa a nosotros.

Itinerario en bici desde Barcelona hasta Bilbao

Al haber estado en Grecia antes de Barcelona, no notamos tanto el cambio, aunque en el fondo nos sentiamos aliviados de pisar tierra más cerca de casa y saber que no tendríamos que tomar otro avión para llegar a casa. Recogimos las bicis “encajadas” y el transporte público nos dejó en Plaza Catalunya donde, ante la atónita mirada de turistas y lugareños, nos pusimos a montar las bicis para dirigirnos hacia la casa del hermano de María, Juan, y Eli, su novia, ubicada en la Floresta, a las afueras de Barcelona. Desde la estación de tren de La Floresta fuimos primero a reponer fuerzas y cumplir con un deseo que veniamos ansiando desde hacia mucho tiempo: comernos un bocata de jamón con aceite. Paramos en un bar, encargamos tres bocatas y salimos en busca de la casa de Juan. Ya era de noche, y algunas carreteras no estaban iluminadas. Cansados, pero con ganas de dar la sorpresa y tirando de nuestra acotada memoria visual pedaleamos una hora larga probando diferentes caminos hasta que finalmente dimos con el Barranco del Lobo. En un principio parecía que los sorprendidos ibamos a ser nosotros, ya que no había nadie en la casa, pero al poco, bajó por la pista un coche que nos sonó familiar. David se encontraba en una de las entradas. Salió corriendo hacia el coche. En un primer instante tanto Juan como Eli dudaron en bajar la ventanilla hasta que, detrás de sus pintas, reconocieron a David. Sus caras cambiaron ipso facto cuando se dieron cuenta de que éramos nosotros. María volvía de la otra entrada y Juan salío escopetado en su búsqueda hasta que los hermanos se fundieron en un abrazo. Estuvimos dos días en su casa descansando, disfrutando de la compañía y poniéndonos al día.

Con Eli y Juan

Al tercer día, con un mapa muy general de toda la península, reanudamos la marcha en lo que sería la última etapa de este viaje. Bajamos de Barcelona hasta el rio Llobregat, lo cruzamos y seguimos las comarcales hasta la Beguda Alta. Una etapa corta, pero queríamos parar en casa de Irene, amiga de María y su novio Josué. Esta vez no era una sorpresa, pues estaban avisados, pero la ilusión de encontrarnos tras tanto tiempo fue inmensa. Nos alojaron en su piso, nos enseñaron el bonito y tranquilo pueblo del interior donde viven, nos deleitaron con un pollo al curry riquísimo y nos llevaron de excursión a ver la Virgen de Montserrat. Otros dos días en los que ibamos reponiéndonos y recuperando energía.

Con Irene y Josué

Vistas desde Montserrat

Esos días nos enteramos que desde Montserrat parte el camino de Santiago. A fin de evitar las carreteras más transitadas decidimos probar suerte y seguirlo. Al mismo tiempo que Irene y Josué partieron a sus respectivos trabajos, nosotros nos pusimos a pedalear buscando el camino de Santiago. Lo encontramos y discurría por carreteras tranquilas, alguna pista y pueblos muy pintorescos, todo ello en medio de una primavera en pleno esplendor. Volvimos a la rutina de la bici de pedalear por la mañana, comer a mediodía, descansar y pedalear hasta el atardecer.


Fue por la tarde, cuando pasando por un pueblo, Francesc, al vernos, detuvo su vehículo a nuestra vera y nos ofreció terreno para acampar. Vivía en una masía en la villa de Argençola junto con su mujer y 3 hijas. Nos costó llegar, pues desde donde estábamos eran 4 kilómetros de subida, y, a última hora de la tarde, era lo último que apetecía. Fue duro subir a esas horas, pero ese camino nos depararía otra gran coincidencia del viaje y de la vida. La masía de Francesc era muy grande y estaba siendo reformada. Por la tarde cenamos con la familia y dormimos derrotados acampados entre huertos de plantas medicinales.

Francesc y sus hijas

A la mañana siguiente, antes de partir, preguntamos a Francesc por un sitio donde desayunar. Nos remitió a una cafetería en Santa Maria de Coloma. Estaba fuera de la ruta, ya nos habiamos desviado completamente del camino de Santiago, pero pensar en los cruasanes de chocolate fue el factor dominante. Al salir de la masía, Francesc y las niñas se habían ido. Cerramos la valla, pero los perros nos empezaron a seguir. En un principio pensábamos que se volverían y retornarían a la casa. Le llamamos a Francesc, y nos pidió que los llevaramos de vuelta a casa. A pesar de estar a 3 kilómetros, David los llevó de vuelta a casa.


Todo este proceso retrasó nuestra salida e hizo que tuvieramos aún más hambre. Como ocurre muchas veces en el viaje uno quería una cosa y la otra persona algo diferente. En este caso David se moría de hambre y quería llegar cuanto antes a la cafetería y María se moría de sueño y quería buscar la sombra de un árbol para echar una cabezadita. Finalmente, por primera vez en el viaje, decidimos separarnos y quedamos en la cafetería. David llegó a la cafetería y se pegó un desayuno de ciclista. Mientras leía el periódico oyó una voz familiar de un cliente. Alzó la cabeza y vio a Simón, un antiguo vecino que conocía hace muchos años. Él estaba igual de sorprendido que David. Hacía años que no se veían. Otra gran coincidencia: Simón, no solía ir a esa cafetería, pero justo ese día decidió pasarse para comprar un bocadillo. Lo que es el destino, en fin, que si David se hubiera quedado con Maria echando la siesta, no se hubiera encontrado con Simón. Al de poco llegó María. Estuvimos charlando un rato y aceptamos gustosos la invitación de Simón para quedarnos en su casa en el pueblito de Montbrio de la Marca con su mujer Vanesa y su hijo Óliver. Tras el desayuno subimos hasta el pueblo. Un lugar fuera de cualquier ruta, pero maravilloso. Estuvimos con ellos dos días antes de reanudar la ruta, en los que nos enseñaron las montañas de alrededor y disfrutamos mucho de su compañía.

Con Vanesa, Simón y Óliver

Nos habíamos desviado hasta la provincia de Tarragona y decidimos retomar el camino de Santiago, así que pusimos rumbo a Lérida. En la primera etapa paramos en el Monasterio cisterciense de Santa María de Poblet. Fue un día de primavera espectacular pedaleando por pistas que atravesaban los campos de cultivo.

Monasterio cisterciense de Santa María de Poblet

Para comer: huevos fritos con jamón

Por la tarde, paramos en un pueblo a comprar comida y una chica, Cristina, nos ofreció su casa para quedarnos. Evitamos así la tormenta que se avecinabla y cenamos en familia.
Al día siguiente las pistas de tierra nos iban a jugar una mala pasada. La llanta trasera de la bici de David se cascó y tuvimos que andar hasta el pueblo más cercano. Por suerte llegamos a tiempo para coger el último bus comarcal que nos llevaría a Lérida. Era laborable y conseguimos arreglar la bici. Retomamos el camino el mismo día y seguimos el camino de Santiago. Una vez más la lluvia y la noche nos pilló buscando un sitio donde acampar. La tormenta nos pilló en una gasolinera y ahí plantamos nuestra tienda.

Los siguientes dos días atravesamos la provincia de Aragón.

Repostando combustible en la calle de la Jota aragonesa

Trazamos un recorrido por caminos comarcales que parecían llanos, pero no conociamos la fuerza del viento del Cierzo. Al principio nos sorprendió el viento y lo achacamos a un día sin suerte. El Cierzo, debe de estar hermanado con los vientos de Irán, porque era igual de duro e incombustible. Pedaleamos dejando a los lados campos gigantes repletos de molinos de viento que no paraban de girar. Ahí es cuando se cumple el dicho que reza que el ciclismo es el deporte en el que da todo por culo menos el viento. Por suerte no llovía, el cielo estaba azul sólo tachonado por nubes que pasaban a toda mecha arrastradas por el viento y que en la región se conocen por "las volanderas". Fueron dos días duros, pero tuvimos muy buenas acampadas libres entre los pueblos y avistamos algún jabalí, muchas cigüeñas que parecían tener debilidad por las torres de electricidad y alguna víbora muerta en el asfalto. La primavera estaba exultante.




Entramos en Navarra y tras un día de mucho pedaleo, decidimos quedarnos en el camping de Olite. Teníamos ganas de darnos el lujo de un ducha en condiciones, ya que se acercaba el día de la llegada y había que ir guapos. Un camping poco resguardado del viento y caro para los servicios que ofertaba. Desde Olite pedaleamos por carreteras comarcales pasando por Estella hasta llegar al pueblo de Antoñana, pueblo natal de la bisabuela de David y donde la abuela de Maria tenía un casa.
Antoñana

Nos quedamos una noche y a la mañana siguiente subimos el puerto de Azazeta, bajamos a Vitoria y continuamos por la antigua nacional hasta coronar Altube. Esta última una carretera muy bonita en la que prácticamente ascendimos solos.

La familia ya sabía que estábamos cerca pero nadie que ibamos con algún día de adelanto. Desde el puerto de Altube era todo bajada hasta Orozko. Era de noche y no nos daba tiempo a llegar a Bilbao, por lo que buscamos un hueco entre dos caserios y junto a un riachuelo para acampar . Esa noche nos costó conciliar el sueño. Nos invadían sentimientos encontrados. Por un lado teníamos muchas ganas ver a nuestros amigos y familia; por otro lado sentíamos pena porque el viaje llegaba a su fin.


Al día siguiente seguimos la carretera nacional que nos condujo hasta Bilbao, no sin sufrir el denso y peligroso tránsito que caracteríza las entradas a Bilbao. Sobrevivimos y entramos por Txurdinaga, dejando a un lado la basílica de Begoña, y bajamos hasta el mismo ayuntamiento de Bilbao.

Llegando a Bilbao

Estábamos en casa. La emoción nos embargaba a cada instante. Ahí aprovechamos para pasarnos por el juzgado para firmar los papeles de nuestro enlace matrimonial que se
celebraría dos semanas después. A la hora de comer quedamos con amigos que se unieron a nuestra llegada.


Seguimos la ruta pedaleando por la ría. También en Bilbao fuimos capaces de perdernos y por poco acabamos yendo al final de la isla de Deusto, parecíamos guiris. Tuvimos que deshacer lo andado y retomar la carretera de la ría.

Primero pedaleamos despacio por la ría hasta llegar a la casa de los padres de María que nos recibieron con alegría y alivio. María dejó sus alforjas y nos pusimos en marcha hacia el monte Umbe para darle la sorpresa a la madre de David que al vernos dio un grito de alegría. Y de ahí a la ducha. Estábamos en casa tras un largo e intenso periplo.

Un abrazo y esperamos que os haya gustado este blog.

David & María y Mikel
continuará...



domingo, 3 de abril de 2011

De Egipto a Grecia por el Mediterraneo

Travesía de Port Said (Egipto) a Creta (Grecia)

12/05/10 Antes de salir definimos el rumbo hacia la isla de Malta, donde George tenía previsto realizar una parada en la travesía a Gibraltar. Más tarde nos enteraríamos de que casi nadie toma esa ruta para cruzar el Mediterráneo. Soltamos amarras, dejamos atrás el decrépito puerto deportivo de Port Said y George mandó a David al timón. Tras unos minutos en el barco sorteando monstruos transatlánticos, subió un práctico a bordo para indicarle a David el rumbo de salida a cambio, al estilo pirata, de tabaco y dinero. Navegamos entre boyas durante al menos una hora, pero el GPS nos obligó a cambiar el rumbo al noroeste antes de la última boya reglamentaria.

Tráfico de barcos enormes en Port Said, la desembocadura del Canal de Suez

Por el momento, pensábamos, todo parecía ir bien. Preparamos la cena, cenamos habituándonos al balanceo y salimos a la bañera a hacer de vigías, en teoría nuestro único cometido. Lo que pensamos que iba a ser una noche tranquila sin apenas barcos, se convertiría en una frenética noche esquivando los numerosos campos de gas de la costa egipcia y tratando de identificar las luces que nos íbamos topando. En una de las tantas veces, pasamos peligrosamente cerca de un remolcador gigante que nos enchufó el foco para saber qué diantres hacíamos ahí. La única compensación de ir por aguas con tan pocos barcos fue ver delfines que nos acompañaron durante algún tiempo y un cielo tachonado de estrellas.

13/05/10 Amanecimos reventados de la noche anterior en la que dormimos a turnos acurrucados en la bañera. George seguía dormido y todo parecía indicar que no sólo dormiría de noche, sino también durante el día. Fue un día muy tranquilo, sin apenas movimiento. Parecía que nos deslizábamos por una balsa de aceite. Animados, nos dedicamos a descansar y otear el horizonte en busca de algo diferente: algún barco. Ahí empezamos a extrañarnos de ser los únicos por esa ruta. Bueno, el único barco que conseguimos divisar casi acaba por colisionar con nosotros. Tuvimos que repetir como diez veces por radio: We are in collision course, y mira que es grande el mar. Además de encargarnos de la vigilancia nocturna y diurna, también nos encargábamos de cocinar. Es ahí cuando conocimos la vena más maniática de George, que hasta nos decía cómo teníamos que cortar las verduras. Durante la noche sólo vimos un barco entre una densa niebla. Nuestra preocupación aumentaba a cada milla que pasábamos sin ver un alma. Antes de partir, creíamos que el Mediterráneo sería un mar muy transitado, además veníamos del Canal de Suez y habíamos perdido de vista al resto.
Desde un principio tratamos de que George nos enseñara a izar y navegar con velas, pero siempre nos daba largas y nos respondía con un “mañana”. Navegábamos a motor a una media de 4 nudos.

14/05/10 El tercer día amaneció relativamente tranquilo. Nos dimos cuenta de que navegábamos no sólo contra el viento, sino contra la marea. Sabíamos que George contaba con el parte meteorológico para 3 días, según lo que nos había dicho, pero lo que no sabíamos y descubriríamos a bordo era que los partes que tenía correspondían a la zona del puerto de Port Said, ese día a 100 millas. David, le insistió en conseguir un parte para la zona en la que nos encontrábamos y nos volvió a dar largas. Lo que mejor sabíamos utilizar era el piloto automático y situarnos en la carta de navegación. Comprobamos que íbamos demasiado lentos.

15/05/10 El cuarto día por la tarde aprovechamos un cambio de viento para izar el genova (la vela de proa). Fue una mejora sustancial, pues pasamos de 4 a 7 nudos. Poco iba a durar nuestra alegría, pues ese cambio de viento era el preludio de la tormenta que capearíamos en los siguientes cuatro días. Pasadas las 4 de la tarde, el cielo se tornó amarillo y fuimos sorprendidos por la visita de tres pájaros que se posaron en el barco buscando refugio, pero que enseguida siguieron su camino. Estábamos a 70 millas náuticas de Libia y a 100 de Creta. No sólo cambió el viento y el oleaje, sino que el motor empezaba a apagarse repentinamente. Comprobamos que se sobrecalentaba por una fuga en una de las tuberías de agua de refrigeración. El viento volvió a ser noroeste así que tuvimos que bajar la vela y tirar del motor. Las olas empezaron aumentar de tamaño y el viento iba ganando fuerza. El oleaje iba castigando los laterales del barco y en el interior nos balanceábamos como si de una barraca se tratara. En cada embate de las olas se caían los cacharros de la cocina y las herramientas de la zona del taller. Al principio nos esforzábamos por mantener el tipo y recogíamos las cosas, pero se volvían a caer. A esto había que sumar las continuas paradas del motor averiado. El proceso era siempre el mismo. Se disparaba la alarma de sobrecalentamiento y se apagaba el motor. Despertábamos a George. Él, pipa en boca, se encargaba de abrir el panel del motor y David se encargaba de ir echando agua muy lentamente por una toma mientras el iba viendo el nivel. En una de las recargas, George perdió el equilibrio por una de las embestidas de las olas y cayó al suelo y con él su pipa que acabó sumergida en el charco de agua debajo del motor, completamente inaccesible. Bien, pues parece que capitán sin pipa, no es capitán, aunque el barco esté a la deriva y revolcándose como un balance, pues ahí estuvo más de media hora intentando recuperar la pipa, hasta que David se dio cuenta de lo que buscaba, salió desesperado a cubierta exclamando : -¡Está buscando la pipa!- Al ver el percal, María que estaba de vigía, bajó al motor junto a George pinzas de barbacoa en mano y rescató la dichosa pipa, acto que George agradeció con una sonrisa, indiferente al hecho de que el motor se paraba cada hora y las olas eran cada vez mayores; todo esto en la oscuridad de la noche. Con George contentó fumando su pipa, David le comunicó nuestra preocupación y preguntó si no deberíamos pedir ayuda. Dijo que no, que seguiríamos rumbo a Malta, contra viento y marea, nunca mejor dicho.

16/05/10 Amaneció y nos tranquilizamos, pero no así la mar ni el motor que no daban tregua. Al comprobar la posición en la que nos encontrábamos, nos percatamos de que no habíamos avanzado, sino retrocedido hacia Libia. Después del desayuno, le dijimos a George que, de seguir así, es decir navegando con un motor que se paraba cada hora y media hora a la deriva arreglándolo, nosotros desembarcábamos. El barco necesitaba ser arreglado en algún puerto. Al principio nos propuso Libia, nada apetecible, pero que los dos aceptamos porque preferíamos Gadafi al Kuan Yin. Poco después concluyó poner rumbo a la isla de Creta. El motor se sobrecalentaba con mayor frecuencia, así que no quedó más remedio que izar el genova, a pesar del fortísimo viento y las crecientes olas. El viento no bajaba de fuerza 8. En una de las paradas, divisamos un cargo y, por radio, les pedimos el teléfono del guardacostas en Grecia y el parte para el día siguiente. Nos comunicó que mejoraría. Pero se equivocó. Contactamos con los guardacostas de Grecia que nos informaron de que estábamos muy alejados, y que le correspondía a Egipto prestarnos ayuda. George se niega y resolvemos seguir con la vela yendo hacia el norte en zigzag. Para que os hagáis una idea de las circunstancias, los dos nos pusimos los chalecos salvavidas desde la noche que empezó la tormenta y no nos los quitaríamos hasta que echamos el ancla en el puerto.

17/05/10 La mar seguía muy revuelta. Por suerte, el casco de acero aguantaba bien cada embate. Parecía un tanque. Por la mañana divisamos la isla de Creta en el horizonte, lo cual nos llenó de satisfacción y alivio. Veíamos la luz muy cerca. Sin embargo, nuestra suerte iba a cambiar en el último viro, justo antes del atardecer y a poco de aproximarnos a puerto. Uno de los cabos del genova se había quedado enganchado. Lo conseguimos liberar usando un destornillador mientras George nos reprochaba a gritos nuestro error. Al soltarlo, salió el cabo de estribor despedido hacia delante y se enroscó en proa con el cabo homologo de babor. Con mucho riesgo por el viento que azotaba, David consiguió desliarlo. Una vez colocamos la vela, George nos comunicó que había cambiado de opinión. Nos dijo que las baterías estaban bajas, que necesitábamos navegar para cargarlas y que era muy tarde para entrar en puerto, por lo que decidió poner rumbo al sur. Impotentes vimos cómo nos alejábamos de la costa a toda velocidad con el viento a favor. David le intentó convencer para tratar de entrar al puerto y María aprovechó la poca cobertura que tenía nuestro móvil (George había desconectado la radio) para hacer una llamada a casa, desde donde se contactó con los guardacostas. Tras una hora de navegación en la que el barco no surcaba el mar sino volaba entre olones con un viento de fuerza 8, nos llamaron de guardacostas de Grecia para pedirnos que cambiásemos el rumbo, que se avecinaba una tormenta y que, tras darle nuestra posición, teníamos 7 pozos de petróleo en nuestro rumbo. George, al oír el parte, decidió dar la vuelta. Salimos a la bañera para hacer la maniobra en medio de la noche. Ahí nos dimos cuenta de que la conjura continuaba, o más bien nuestra inexperiencia nos pasaba factura, pues descubrimos que un cabo estaba enganchado a la hélice. No quedaba más remedio que cortar. David, arnés de seguridad en la cintura y cuchillo de cocina en mano, avanzó a duras penas hasta proa donde cortó el cabo. Lo cortó, pero lo dejó escapar para la desesperación de George, que tras 15 años de circunnavegación pensaba que lo había visto todo. La segunda parte de la maniobra consistía en tomar el cabo “sano” y pasarlo al otro lado sorteando todos los cables, es decir, dar una vuelta al barco por el exterior. Finalmente lo conseguimos, no sin pensar de verdad que íbamos a volcar, y tras 4 horas cabalgando olas, amaneció y volvimos a divisar tierra. Pero la corriente era muy fuerte y no nos permitía entrar a puerto. El guardacostas, que estuvo toda la noche pendiente, consiguió contactar con nosotros por móvil y nos envió un remolcador que nos lleva hasta el puerto. Estamos a salvo.


18/05/2010 Recogimos nuestras cosas, desmontamos las bicis, cubiertas de salitre, y esperamos a la llegada de los inspectores de aduanas. Hicieron una inspección visual del barco y se llevaron a George para hacer el papeleo de entrada. A la vuelta, nos despedimos de él y David le deseó buen viaje a Holanda. Al pisar tierra, los dos sentimos una sensación de balanceo que permanecería con nosotros los siguientes dos días. Estábamos derrotados y colapsados de todo lo que habíamos vivido. Nos encontrábamos en el puerto de Kali Limenes. Montadas las bicis, nos pasamos por las oficinas de los guardacostas para agradecerles su ayuda. Tras echarnos una buena reprimenda, nos preguntaron si estábamos locos al embarcarnos con George. Junto al pueblo había una pequeña playa donde acampamos dos días. El supermercado más cercano estaba a 12 kilómetros. Estábamos tan contentos por haber llegado con vida, que nos parecía hasta placentero andar 24 kilómetros para hacer la compra. Teníamos la sensación de haber vuelto a nacer. La primera noche dormimos 15 horas solo interrumpidas cuando los dos nos despertamos con el zumbido del viento y la sensación de balanceo que nos hizo pensar que estábamos en una balsa a la deriva en alta mar. Somnolientos y angustiados abrimos la puerta de la tienda para comprobar con alivio que estábamos en tierra firme. En esos dos días recuperamos el sueño acumulado, arreglamos las bicis y descansamos al sol, a lo lejos seguíamos viendo el Kuan Yin atracado.


Descansando en la playa de Kali Limenes

Antes de salir con las bicis destino a Heraklion nos pasamos para despedirnos de George que estaba muy feliz porque ya le habían arreglado el motor. Cogimos las bicis con muchas ganas y ese día, bajo un sol radiante, pedaleamos hasta Heraklion, pasando por un paisaje plagado de olivares y salpicado de pequeñas ermitas.


Iglesia típica en el paisaje cretense

El Puerto de Heraklion rodeado por una fortificación veneciana

Desde Heraklion embarcamos en el ferry con destino a Atenas.

Ya en casa, leímos este artículo que nos hizo recordar a George y al Kuan Yin:
http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/585/borrascas-perfectas/


Un abrazo,
David y María

viernes, 16 de julio de 2010

Crónica 40: Egipto, nuestra tierra prometida

Bus y bici

Alineación al centroNuestras más sinceras disculpas por estar tanto tiempo sin publicar. El retraso se debe a una multitud de factores, que ya resumiremos en la última crónica, aún quedan tres: aquí va la primera.


Llegada en el ferry

Despertamos por la mañana en el puerto de la ciudad de Nuweiba, en la península del Sinaí. Hacía dos horas que el barco había arribado, pero la tripulación tuvo el detalle de dejarnos dormir sobre la moqueta de la mini-sala de ordenadores de pago que habíamos ocupado. Desembarcamos y formalizamos el visado y los trámites aduaneros. Desde el primer momento percibimos que estábamos en un país más cálido y menos hosco. La gente nos sonreía más, eran más amables en el trato y, en contra de las expectativas de un piloto Saudita que aseguraba que el 99% de los egipcios eran ladrones al embarcar en el puerto de Aqaba, no trataron de timarnos a la primera de cambio. Montamos las alforjas y salimos hacia Dahab, nuestro siguiente destino a aproximadamente 70 kilómetros.

David y Dan subiendo hacia Dahab

Los primeros 25 kilómetros consistieron en una subida gradual hasta los 800 msnm. Ahí descansamos a la sombra de un puesto de carretera regentado en ese momento por tres niños pastores. Ninguno pasaba de los 5, pero enseguida nos ofrecieron agua y té. Les compramos un par de botellas rellenadas por el doble del precio habitual y compartimos nuestra comida con ellos. Dan hablaba un poco de árabe y, a través de él, nos contaron que vivían detrás de una colina que se veía desde el puesto. Nos giramos y no logramos ver nada. Ahí no parecía haber nada. No había vegetación ni vida. El sol brillaba con fuerza y era un buen día para andar en bici. Era la primera vez que pedaleábamos con otra persona en ruta. Dan, ciclista inglés que habíamos conocido no tenía prisa así que se adaptó a nuestro ritmo pausado. La carretera se adentraba en las montañas desérticas que pueblan la zona costera de la península del Sinaí.

Un puesto en el camino para calmar la sed y el calor

Nos seguíamos preguntando de qué vivirían. A partir de ahí fue una bajada de 45 kilómetros hasta Dahab. Una delicia.


video


Tras el desgaste físico y mental que nos había supuesto Jordania, Dahab sería el lugar idóneo para descansar. Nos despedimos de Dan y buscamos un hostal barato.



Llegada a Dahab con Dan

Mar Rojo, Arabia Saudi de fondo

Dahab es un pueblo con dos partes claramente diferenciadas: el pueblo beduino de siempre y la zona turística. Su principal atractivo no está en tierra, sino en los corales del Mar Rojo accesibles a pie desde sus playas. Pasaríamos cuatro días en los que hicimos buceo, celebramos el 31 cumpleaños de David y efectuamos algún arreglo a las bicicletas.

El Blue Hole, sitio de buceo famoso por su belleza y peligrosidad

Con Mark y Caroline


Durante nuestra estancia conocimos a Mark y Caroline, dos amigos canadienses divertidísimos que estaban viajando por Egipto. Los dos pertenecían a esa generación que había conocido el “hippy trail” (la ruta hippie) de los 70 y 80 en la que los mochileros atravesaban Afganistán y Pakistán sin mayor problema para llegar a la India.

En Dahab nos topamos con el dilema de continuar por la costa hasta Sharm El Sheik y luego cruzar en ferry hasta Hurghada o atravesar hacia las montañas del Cairo. Intuimos que la opción más bella hubiera sido meternos por las montañas, pero ya estábamos cansados y preferimos ir por la costa. Sharm El Sheik era como un gran complejo de hoteles y apartamentos construido para grupos en paquetes turísticos. Nos quedamos una noche en el Albergue para Jóvenes y a la mañana siguiente fuimos a visitar el Parque Nacional Ras Muhammed.

En lugar del caro ferry, optamos por tomar el bus hasta Luxor. Decían que tardaba 18 horas en cubrir el trayecto, pero nosotros tardamos más de 24 horas. Éramos los únicos extranjeros en el bus y nos resultó imposible dormir con la película egipcia que pasaban una y otra vez a todo volumen y en la que no quedó vivo ni el apuntador. Los conductores paraban cada dos horas para fumar “shisha” religiosamente.

El bus nos dejo a 10 kilómetros de Luxor y nada más bajarnos tuvimos que lidiar con algún buscavidas que trató persuadirnos para ir al hotel del colega, en inglés los touts. El tout en cuestión era un indio que decía que había estado con su mujer visitando Luxor. Al principio incluso le creímos, pero el hecho de que hablará demasiado bien árabe nos hizo saltar las alarmas. Montamos las bicis y salimos hacia Luxor. La carretera pasaba por fértiles campos de cultivo que utilizan las aguas del Nilo por medio de un complicada red de canalización de aguas.


Faluca en el Nilo


La estrecha carretera pasaba por pequeñas aldeas, era viernes y se notaba. La gente se mostraba muy distendida, hombres y mujeres lucían sus mejores galas y los niños correteaban alegres aprovechando el día festivo. Al llegar a Luxor paramos a preguntar a unos locales por una calle. Apareció en ese momento una patrulla de la policía para cotillear. Los locales enseguida explicaron, casi temerosos, que estaban dándonos direcciones. La patrulla nos mandó seguirla, así que entramos escoltados hasta la puerta del hostal Oasis donde nos alojaríamos durante tres días.


El Nilo

Luxor, además de su interés histórico parece mantener el encanto de siempre, parece no haberse corrompido a pesar del turismo en masa que absorbe. La gente nos pareció cercana, amable y consciente de la importancia del legado que tienen.

El río Nilo divide los principales puntos de interés en Luxor. En la orilla Oeste se hallan los famosos Valles de los Reyes y de las Reinas, donde "enterraron" a los faraones y las reinas. Es decir, estaba dedicado a fines funerarios y la orilla oriental se ubican los famosos templos de Luxor y Karnak. La primera noche visitamos las ruinas del templo de Luxor.


Templo de Luxor de noche


Al día siguiente nos apuntamos a una excursión organizada por el hostal para visitar los Valles de los Reyes. Conducidos por una guía visitamos varias tumbas en diferentes sitios en los que, mientras tratábamos de acordarnos de lo aprendido en el colegio y aclararnos con los dioses, quedábamos admirados con las pinturas de los murales en las zonas funerarias. Da la impresión de haberse visto y estudiado hasta la saciedad, pero emana misterio en cada esquina. La guía nos contaba que en el Valle de los Reyes hay una tumba, cuyo nombre no recordamos, que permanece intacta ya que fue descubierta hace muy poco, pero que sólo abren a aquellos que estén dispuestos a pagar la friolera de 25.000 dólares; los japoneses parece que lo están, añadía.


Templo de Karnak (Luxor)


Tumba real en el Valle de los Reyes


En esa salida conoceríamos a una pareja: Maite y Bart. Ella de Baracaldo y él de California. Los dos llevaban tiempo en el Cairo estudiando árabe, nos pusieron al día de lo que era vivir en Egipto y enseguida conectamos. Ellos volvían esa noche a El Cairo y nosotros un poco más tarde, así que propusimos coincidir otra vez en la capital. En la misma excursión también conocimos a Christian, un australiano que estaba viajando y con el que también acabamos encontrándonos en Cairo.


Con Christian


Desde Luxor tomamos el tren nocturno hasta el Cairo. Dada nuestra condición de extranjeros nos fue imposible comprar un billete normal con los egipcios de a pie, así que, al final, acabamos compartiendo un vagón semivacío con un grupo de americanos, situación producto de la rígida protección que mantiene el gobierno egipcio del turismo tras los ataques sufridos en años anteriores.

Cairo nos gustó desde el minuto uno. Salimos de la estación y pedaleamos entre el caos hasta la Pensione Roma. Un hostal mítico ubicado en el centro, que al igual que muchas calles del propio Cairo, conserva el decorado, personal y ambiente belle epoque de los 70.



El primer día visitamos el caótico Museo Nacional que, a pesar de estar abarrotado de gente y ser un auténtico caos, resulta muy interesante y constituye una visita "obligada" para introducirse en el mundo de los faraones.


Museo Nacional de El Cairo


El Cairo, centro


Es verdad que Cairo es una ciudad con muchos atractivos turísticos, pero nosotros, cansados de hacer turismo y con la mente puesta en pasar de África a Europa sólo vimos las pirámides y pululamos por el bazar de Khan el Khalili. Una noche salimos a cenar con Maite y Bart, con los que pasamos una formidable velada. Más adelante Maite, periodista para EITB, nos ofrecería escribir un artículo sobre nuestro viaje y que más tarde se publicaría en el blog de eitb:


Con Maite y Bart


http://www.blogseitb.com/graffiti/2010/05/18/pedaleando-por-el-mundo/


Desde hacía tiempo que rondaba en nuestras mentes el deseo de llegar a Europa con un medio que no fuera el avión. No existían líneas de ferries que unieran Egipto con ningún puerto Europeo (ahora sí existe una línea que une Alejandría con Venecia), Libia estaba técnicamente cerrado y descartábamos volver por el camino andado y pasar por Turquía. Una opción era hacerlo en un barco privado. Es una alternativa factible y que, según habíamos oído hasta la fecha de boca de otros viajeros, era posible. Ya veníamos buscando un barco desde hacía un mes a través de Internet, pero ahora en Egipto, nos tocaba hacer el trabajo de campo, es decir ir a los puertos a preguntar.


Sabíamos que eran muchos los veleros privados que atraviesan el Canal de Suez en sus circunnavegaciones. En la entrada al canal desde el Mediterráneo se encuentra la ciudad portuaria de Port Said. Para conseguir un barco es difícil hacerlo por teléfono, es mejor personarse en los puertos, así que, sin pensarlo dos veces, tomamos el primer bus y tres horas después llegábamos a la ciudad de Port Said. Uno de los tramos del viaje discurre paralelo al propio canal de Suez, y desde la ventana era posible ver cómo petroleros gigantes parecían surcar las arenas del desierto.


Port Said es una ciudad que vive por y para el Canal. El primer taxista quiso timarnos, pues nos llevó al puerto donde había atracado un crucero gigante. Tras hacerse el loco, accedió a llevarnos hasta los ferries que unen las dos partes de la ciudad que separa la bocana del Canal. Desde el transbordador se veía el Puerto Deportivo, en el que sólo había dos veleros, uno pequeño y el que sin saberlo sería el que nos llevaría hasta Europa. Nos desilusionamos mucho al ver que sólo había dos barcos. Aún así, probamos suerte e intentamos acceder a la marina. El policía, vestido de estricto blanco, fue tajante: "You need a permit" (Necesitáis un permiso). Tras explicarnos que dicho permiso se conseguía justo de donde veníamos, volvimos a montarnos en uno de los transbordadores que cruzan continuamente la entrada del Canal sorteando el constante tráfico de barcos. Nos llevaron directamente al que parecía ser el jefe de la policía por los galones y la tripa que lucía.

Cuando le contamos nuestros deseo de entrar en el puerto para preguntar por algún barco rumbo a Europa, nos miró escéptico y nos dijo que conseguir un permiso para entrar en el puerto tardaría una semana. No es como entrar a ver los barcos de un puerto deportivo normal. Técnicamente sales del país. Bueno, pues nada, lo habíamos intentando, pensamos. -Esperad un momento- dijo. Cogió el teléfono, habló un minuto con alguien para hacer averiguaciones y nos dijo: -Hay un barco con rumbo a Gibraltar y Felix Maritime, agencia de barcos, es la que lo lleva, id a preguntarles a ellos.- Con la ilusión renovada, salimos presurosos hacia la agencia. Cuando llegamos, preguntamos por el barco, pero nadie parecía saber nada. Decían que no les sonaba la información, que ellos nos llamarían si encontraban algún barco que fuera a Europa dispuesto a acoger tripulación. Tras el jarro de agua fría, salimos y aprovechamos para pasear por la ciudad que esconde edificios de estilo francés de madera de la época de principios de siglo veinte levantados durante la construcción del Canal.

Los siguientes tres días estuvimos haciendo tiempo en el Cairo. Aprovechamos para visitar las Pirámides. Impresionantes, se alzan en medio del bullicio de Cairo. A pesar de la ligera claustrofobia de David, nos adentramos en las entrañas de una de ellas para ver lo que era la cámara funeraria. Pues era un receptáculo vacío con un sarcófago vacío sin ningún tipo de decoración. Las pirámides, después de las mastabas, fueron las primeras formas de enterramiento en la civilización egipcia. Más tarde, eso nos contaron, optaron por esconderlos en el interior de montañas y lugares secretos para poner freno al continuo saqueo que sufrían las ostentosas tumbas de los faraones a manos de sus sucesores reales.


Esfinge, pirámides al fondo


Ese día recibimos la llamada de la agencia marítima informándonos de que, efectivamente, había un velero con destino a Gibraltar atracado en el puerto al que habíamos intentado acceder. Bingo! A la mañana siguiente volvíamos a partir hacia Port Said para conocer al capitán. Antes del encuentro, Munsen, el jefe de la agencia que tramitaba el papeleo del barco, nos contaba que George, el capitán era especial, que tenía sus cosas. Como todo capitán de barco y como todo hijo de vecino pensamos. Nos presentamos a su llegada y le explicamos nuestro deseo de ir a Europa, le dijimos que nuestra experiencia de navegación era nula y que teníamos dos bicicletas. Nos miro de arriba a abajo, tras algunas preguntas, ojeó nuestros pasaportes y sin más preguntas dijo que estaba de acuerdo, que lo único que tendríamos que hacer era sería vigilar por la noche por si había barcos.

George, ingeniero naval de profesión que había zarpado hacía 15 años con su mujer a dar la vuelta al mundo, estaba de vuelta y quería salir cuanto antes hacia Gibraltar, buscaba tripulación para su barco de acero de 15 metros de eslora. Insistimos en el hecho de que no teníamos experiencia, -I will teach you-(os enseñaré), aseguró. Pedimos ver el barco. Esta vez pudimos entrar en el puerto deportivo, aunque sólo 5 minutos. El barco era grande, por dentro estaba relativamente ordenado pero estaba lleno de trastos, cartas de navegación, libros y revistas de viajes en velero por lugares exóticos. Era un barco con más de 20 años, con una pequeña fueraborda colgada de popa. Por dentro era muy espacioso. Había tres habitaciones, dos cuartos de baños, cocina y un hasta una zona de taller.

Salimos del barco con impresiones muy mezcladas. No sabíamos qué hacer, así que decidimos darle unas cuantas vueltas y avisarle con lo que sea desde el Cairo. Teníamos que valorar los pros y los contras. El "contra" principal era saber si con la edad que tenía estaba lo suficientemente capacitado para enseñarnos y llevarnos a buen puerto. Finalmente llamamos y dijimos que sí, que contaran con nosotros. Así que hicimos las “maletas” y, por tercera vez, nos montamos en el bus Cairo-Port Said.


Cruzando el canal en Port Said



Rellenamos las formalidades con la agencia marítima y embarcamos. Los primeros dos días los pasamos en puerto preparando el barco: comprando gasolina, víveres, terminando de arreglar algunos desperfectos, etc. Cada vez que salíamos con George a hacer la compra, temíamos por su vida. Montaba su bicicleta plegable y parecía ser inmune al concurrido trafico de la ciudad. Los coches y las personas tenían que esquivarle a cada paso y en más de una ocasión pensamos que nos quedábamos sin capitán antes de la salida. El destino no lo quiso porque el 12 de mayo amaneció completamente despejado y George nos dijo: We leave today...(Hoy zarpamos...).


Continuamos en la siguiente.


Un abrazo de

David y María