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viernes, 19 de junio de 2009

Crónica 17: Escapada a Fiji

¿Cómo estáis? Ya hemos visto y oído que el buen tiempo y el veranito han llegado. Esperamos que lo aprovechéis! Esta crónica llega un poco tarde pero desde nuestra llegada a Australia, hemos estado griposos y bastante ocupados en el cambio de nuestro modo de viajar, ya os contaremos en la próxima publicación.
En un principio teníamos pensado viajar seis semanas por Nueva Zelanda para tener suficiente tiempo para visitar las dos islas. Un día, mientras subíamos con Ernie por la costa oeste de la isla sur, empezamos a barajar la idea de escaparnos del frío a alguna isla del Pacifico, tan a tiro de piedra. Recién llegados a Nueva Zelanda, habíamos escuchado en los medios que en Fiji estaba teniendo lugar un golpe de estado, así que llamamos a la embajada en Wellington para informarnos antes de buscar billetes. La persona que nos atendió había estado visitando Fiji justo durante el "golpe" y nos comentó que se enteró a su regreso a Nueva Zelanda. En definitiva, parecía seguro viajar a Fiji. Encontramos un vuelo por 200 euros ida y vuelta, y sin pensarlo dos veces, compramos el billete y cambiamos el itinerario de lo que nos quedaba de viaje por Nueva Zelanda.
Fiji nos recibió con calorcito y flores. Es un archipiélago de unas 320 islas de origen volcánico y coralino. La mayoría de su población, que roza el millón, habita en las dos islas de mayor tamaño Viti Levu y Vanua Levu. A pesar de ser Suva su capital, ubicada al sureste de Viti Levu, la mayoría de vuelos internacionales llegan a la ciudad de Nadi en el otro extremo de la isla y constituye la base principal para visitar tanto las islas como Viti Levu. Recomendados por Marta, una chica catalana que conocimos en Milford Track, decidimos ir a conocer las islas Yasawa, situadas al noroeste de la isla principal. Es un destino muy frecuentado por mochileros pues existen "resorts" adaptados a todos los bolsillos. Desde los más económicos de 20 euros por persona con pensión completa hasta los 3000 euros por noche del famoso resort Turtle Island, accesible únicamente en helicóptero o hidroavión. Nosotros nos decantamos por la primera opción y decidimos repartir los diez días en Fiji visitando islas durante una semana y conociendo la isla principal el tiempo restante. Al día siguiente de nuestra llegada a Nadi embarcamos en un catamarán a motor que para en todas las islas. Con la compra de una especie de bono, Bula Pass, es posible saltar de isla en isla por un precio fijo. En los 7 días estuvimos en tres islas diferentes. El primer día llegamos a la isla de Nacula, al norte de las Yasawa. Ansiosos por ver peces, montamos la tienda y salimos a hacer snorkel. De regreso a la playa nos encontramos con una delgada serpiente negra y blanca. Pasamos con cautela y nos alejamos. En la cena nos enteramos que la mordedura de esa serpiente te mata en cuestión de minutos. Eso si, por suerte el reducido tamaño de su boca hace que solo pueda morderte en puntos concretos, a saber: entre los dedos, la nariz y las orejas.
Los siguientes tres días saltamos a una isla cercana, Tavewa, y nos hospedamos en Otto and Fanny, un resort muy familiar y acogedor famoso por su comida local. No nos dejaron acampar, pero tuvimos el dormitorio para nosotros durante toda nuestra estancia. Esos días, aprovechamos para hacer dos buceos en la zona. En la primera de ellas conocimos el coral blando, muy característico en la zona, y estuvimos buceando por una especie de laberinto. Uno de estos corales, Ghost Coral, cambia de color al contacto con cualquier cuerpo extraño. http://www.youtube.com/watch?v=5YKRJC1m31Y. En la segunda inmersión fuimos a ver cómo daban de comer a tiburones. Nuestra suerte nos precedía, pues ese día los tiburones parecían no tener mucha hambre y, tras una espera de 20 minutos, salimos a buscarlos y sólo vimos un tibu echándose la siesta sobre el lecho marino. El último día en la isla, domingo, fuimos a misa. No entramos pues nuestro vestuario contrastaba demasiado con sus elegantes zulus (faldas llevadas tanto por mujeres como por hombres en ocasiones especiales) y floridas camisas. Nos sentamos cerca y oímos sus dulces cantos. Nuestros últimos dos días en las Yasawa los pasamos en Nanuya, una isla más al sur donde residen mantas gigantes y es hogar de un arrecife espectacular. Ahí también conocimos a Naroa, una chica de Bilbao que estaba trabajando en la isla de Divemaster, que nos reveló alguna playa secreta al estilo Robinson Crusoe y que visitaríamos al día siguiente.
De vuelta a Nadi y mientras buscábamos una minivan para ir a Pacific Harbour, a poco de Suva, se nos acercó Iso, un fiyiano que volvía de las Yasawa de tasar unos terrenos. Nos desaconsejó viajar de noche en las minivans, pues conducían muy rápido y había muchos animales que se cruzaban en la carretera. Nos invitó a pasar la noche en su casa. Acompañado de su hermano y un amigo nos sentamos sobre una estera típica y se pusieron a preparar el kava, la bebida nacional hecha a base de las raíces del árbol de la pimienta utilizada en todas las ceremonias. En nuestro caso sería la de bienvenida. Se prepara en un cuenco que llenan de agua, añaden los polvos y luego utilizan un trapo para mezclar. Antes de aceptar la bebida es costumbre dar una palmada, decir Bula (saludo), beberla de un trago, devolver el cuenquito y dar tres palmadas. No es un sabor muy agradable, es amargo y tiene un toque a madera, pero a ellos les fascina y son capaces de pasarse horas tomando kava que posee un efecto tranquilizante. Un efecto que no funcionó con María, sobre todo cuando el amigo de Iso le “invitó”, primero, a cenar sola y luego a irse a la cama.A la mañana siguiente fuimos con Sophie, la empleada del hogar, a visitar un colorido templo hindú que contrastaba con la contaminada Nadi y a comprarnos un zulu y una camisa al puro estilo fiyiano.En Pacific Harbour asistimos a una demostración en el que los habitantes de la isla Benqa andan sobre piedras candentes. Le contaba Iso a David, pues María ya estaba en la cama rebotante, la noche anterior, que dicha tribu, además de andar sobre el fuego, tienen la capacidad de curar quemadura. Le relató cómo él se quemó los brazos y una niña de la isla se los sanó sin dejar ninguna cicatriz.
Al día siguiente regresamos a Nueva Zelanda. Ya hablamos en la anterior crónica lo estrictos que son con el tema de la introducción de alimentos. Bien, pues una mandarina fiyiana olvidada en nuestra mochila nos gastó una mala pasada. Al pasar por el detector final, el funcionario de aduanas apartó la mochila a un lado y nos preguntó si era nuestra, si la habíamos hecho nosotros y si llevábamos alimentos. Ante nuestra cara de susto, extrajo una mandarina y nos comunicó que acabamos de infringir la ley antientradademandarinas y que debíamos pagar una multa de 200 dólares neozelandeses, 80 euros al cambio, (la mandarina nos había costado 20 céntimos). En fin, nos dieron la opción de pagar en el momento, pagar en 15 días, reclamar o no pagar y esperar una carta, (esta última parecía la más jugosa). Resignados sacamos la tarjeta para pagar todo y olvidarnos del tema, no sin antes preguntar si podíamos comernos la mandarina, algo que nos prohibieron porque estábamos en una zona de cuarentena. Al parecer escogimos la opción correcta, pues el segundo funcionario, tras sacar una fotocopia al pasaporte de David, nos dijo que por esta vez no tendríamos que pagar la multa pero nos entregó una hoja en la que básicamente decía que si volvíamos a tener ese despiste podríamos acabar entre rejas. Moraleja, las mandarinas son muy peligrosas. Esa noche recogimos las cosas que habíamos dejado en el camping, donamos los trastos acumulados con Ernie y preparar nuestra llegada a Australia.


Un abrazo,

David y Maria