Mostrando entradas con la etiqueta Peru. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Peru. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de marzo de 2009

Crónica 14: Por el Amazonas

Bomdia a todos! Tudo bem? Hasta ahí llega nuestro brasileiro escrito, el oral tampoco mucho más lejos pero logramos comunicarnos. Escribimos, con un pequeño retraso, desde Río de Janeiro para narraros nuestro paso a Brasil por la cuenca del Amazonas.
Teníamos pensado iniciar nuestro recorrido en Iquitos, en la Amazonía Peruana. Es la mayor ciudad del mundo que carece de acceso por carretera. Nos hallábamos en Lima y viajar en barco suponía un mínimo de tres días. En Lima mismo nos percatamos de que al pasar a Paraguay no habíamos sellado la salida de Brasil y nos habíamos pasado del plazo de permanencia en Brasil, luego cada día que pasara en Perú, mayor sería la multa al llegar a Brasil.
Dormimos en casa de Isa y, temprano, al día siguiente salimos al aeropuerto. Llegamos con tiempo, facturamos y nos sentamos a desayunar. Nada más probar el café escuchamos: María Berasategui, acérquese al mostrador de LAN. Allá acudimos; habíamos cometido el "despiste" de facturar un camping gas en una de las mochilas. Quedaban 20 minutos para el embarque. Tardaron 30 minutos en sacar la maleta sospechosa. Esprintamos, Isa incluida, por todo el aeropuerto saltándonos todas las colas. Es algo universal lo solidaria que se comporta la gente cuando uno corre desesperado por no perder un avión y se salta a la torera una cola de 80 personas. Esta vez no llegamos a tiempo por escasos minutos y perdimos el vuelo. Por suerte, nos metieron en el siguiente sin cargo alguno. Además del ahorro en tiempo, volar a Iquitos nos ofreció una inigualable vista de pájaro de la selva: un manto verde de arbóles sólo sesgado por el serpeante rio Ucayali (que más tarde se une a la cuenca del Amazonas), sus afluentes y alguna pista color arcilla.

Iquitos nos recibió con lluvia. Rescatamos las maletas que habían llegado 5 horas antes y nos dirigimos al céntrico hotel que nos había recomendado un amigo de Pepe. Además del radical cambio de clima, lo primero que se percata uno en Iquitos es que el coche es un rara avis, ya que está plenamente tomado por motocarros y motos. A todas horas se escucha un ronroneo de pequeños motores. Llevar casco debe de estar prohibido, porque nos vimos a nadie con uno, ni a los policías. Luego nos contaron que hace tiempo trataron de hacerlo obligatorio, pero la gente se negó alegando que hacía excesivo calor. La mayoría de conductores no sólo no llevaban casco, sino que hacían su vida en las motos: vimos como una mujer le daba pecho a un bebe a 50 km por hora.
Iquitos es una ciudad que parece vivir aún en la época dorada de la que fue testigo con el boom cauchero. Creció a pasos agigantados por la actividad del ouro verde, que tantos beneficios trajo a unos pocos y tanta desolación a muchos en toda la cuenca amazónica. Mientras personajes cómo Fitzcarrald, que inspiró la famosa película Fitzcarraldo, se hacían millonarios y mandaban planchar su ropa a Europa, otros eran exterminados indiscriminadamente para desocupar zonas que los caucheros querían explotar o eran utilizados como esclavos para sacar la goma blanca y luego exportarla a Europa. En su libro "El río de la desolación", el escritor Javier Reverte recorre el Amazonas desde casi su nacimiento y detalla muy bien la terrible historia que esconde el Amazonas en sus entrañas. Muy recomendable, más aún si uno viaja por estos lares. En Iquitos, destacan sus edificios de cambio de siglo adornados con azulejos traídos de Portugal, su malecón donde nos atrevimos a bailar en una verbena con motivo del Carnaval y las casas flotantes del Barrio de Belem, donde aprovechamos para comprar las hamacas que necesitaríamos para llegar hasta el Atlántico.

Desde Iquitos, teníamos pensado cruzar hasta Brasil por la denominada Triple Frontera, compuesta por las localidades de Tabatinga (Brasil), Santa Rosa (Perú) y Leticia (Colombia). En lugar de tomar un barco de tres días, por la prisa, embarcamos en un rápido (deslizadora) que cubría el trayecto entre Iquitos y Tabatinga en menos de 12 horas. Equipado con potentísimos motores, planeamos hasta Santa Rosa sorteando todo tipo de troncos y vegetación. Ahí nos esperaba Daniel, conocido a través de un contacto de Isabel, que nos ayudaría con el tema de la frontera. Sellamos la salida de Perú y cruzamos a Tabatinga y Leticia situados en la orilla opuesta. Nos quedamos tres días en la Triple Frontera para esperar al barco hacia Manaos. Aprovechamos para arreglar los trámites migratorios y conocer la vida en las dos ciudades para lo que alquilamos una moto. Leticia y Tabatinga están separadas únicamente por una avenida, sin embargo, guardan algunas diferencias además de su lengua y cultura. Una de ellas es que en Leticia es obligatorio el uso del casco y en la parte brasileira no, por lo que antes de pasar a Leticia es preciso parar en un puesto para alquilar uno. Como decía Reverte en su libro, se podría definir la Triple Frontera como tres almas en un mismo cuerpo. Ese día, Leticia nos depararía una grata sorpresa, ya que andando por la calle nos encontramos al Dr. Patarroyo, una eminencia mundial en el desarrollo de la vacuna contra la malaria. Cómo no, le paramos, o más bien le perseguimos para saludarle, y charlamos un poquito con él, foto incluida.
Por fin llegó el día de la salida a Manaos. La forma más común de viajar por la cuenca amazónica es por vía fluvial. En Perú las denominan lanchas, en Brasil recreios y, por lo general, suelen ser barcos de dos o tres pisos que combinan el transporte de carga y el de pasajeros. En la parte de abajo va la carga y los pasajeros suelen colgar sus hamacas en el segundo piso (casi siempre en los tres pisos cuando no hay espacio), quedando el tercer piso como zona de esparcimiento y camarotes, que en Brasil son cinco veces más caros que la hamaca. La duración del trayecto suele medirse por días y no por horas. Pagamos el equivalente a sesenta euros por persona por un espacio donde colgar nuestras hamacas y las comidas. Tardaríamos tres noches y cuatro dias en llegar a Manaos. Son viajes largos pero uno apenas tiene tiempo para aburrirse. Es tiempo para conocer gente, charlar, jugar al dominó y al ajedrez, experimentar posturas en la hamaca (para dormir, la mejor es en diagonal), leer, pensar, contemplar el inmenso río y la selva, buscar los bufeos (delfines rosados) y observar el permanente y descarado ligoteo a bordo. En la "zona de ocio" suele haber un bar y un televisor que de forma casi ininterrumpida muestra vídeos de música brasileña que hipnotiza a los locales. En nuestro caso el hit del momento era el estilo denominado forro electrónico. A pesar de las apariencias, son viajes cómodos y entretenidos, y sin mosquitos, que afortunadamente no pueden mantener la velocidad del barco. Eso sí, el estómago debe estar preparado para comer dos veces al día arroz y frijoles durante tres días. La primera noche nos despertó de madrugada la policia federal de Brasil para hacer un control de drogas. El registro fue de película. Veníamos de la Triple Frontera, una zona candente del narcotráfico en la que se viven constantes ajustes de cuentas entre las partes. La policia fue mochila por mochila revisándolo todo. Por ejemplo, a nuestro vecino de hamaca que portaba una rama cargada de bananos le abrieron el troncho en busca de droga. Otro pasajero, que al parecer estaba un tanto ebrio, cometió el craso error de negarse a abrir su bolsa y provocar un forcejeo. Lo sacaron del barco y lo metieron en una celda improvisada. El barco lo dejó en tierra. Nos dijeron que ahí estaría a pan y agua hasta la llegada del próximo barco, en tres días.

Manaos es la ciudad más grande de toda la cuenca del Amazonas. Cuenta con más de dos millones de habitantes y posee, como Iquitos, un aire decadente y también parece añorar su época dorada del boom cauchero. El afán por lo francés les llevó a construir una réplica de la ópera de París y una imitación perfecta del mercado de Les Halles. Nuestros primeros dos días en Manaos los aprovechamos para conocer la ciudad, ir a bañarnos con conocidos del barco a Punta Negra, un Akarlanda amazónico y contratar una excursion de cuatro días a la selva.
Al amanecer del día siguiente partimos con Emerson, nuestro guía, en dirección a Itacoatiara. De ahí tomamos una canoa a motor hasta el campamento base desde donde nos adentraríamos a la selva. En el campamento conocimos a una pareja, el sudafricano y ella australiana que viajaban con un inglés, el destino nos uniría a ellos más tarde.
La primera actividad de la excursión era ir a pescar pirañas a un igarapé (un canal). Remamos hasta la zona elegida y Emerson le pidió a David que atara la canoa a un árbol. Mientras María buscaba serpientes entre las ramas, David se puso de pie para amarrar la cuerda. La canoa avanzó ligeramente, David fue chocando contra la rama, perdió el equilibrio y cayó a cámara lenta al agua infestada de pirañas. Se sumergió unos segundos bajo el agua y volvió a subirse a la canao. Emerson, entre risas, comentó que nunca había visto a nadie subirse tan rápido. Tras el susto y las consecuentes risas de María, pasamos la tarde pescando pirañas que más tarde cenaríamos. Al día siguientes partimos a la selva. Empezamos la caminata por un sendero parcialmente marcado, pero que muchas veces se perdía y en el que hacia falta el uso del machete para seguir avanzando. Nos dijeron que era un bosque primario y en el camino apreciamos la exhuberante riqueza de la selva. Emerson nos iba contando las propiedades, nombres y usos de las diferentes plantas a medida que ibamos avanzando por el camino. Vimos el árbol del caucho, el de la quina (antimalárico natural), un árbol de cera que permite hacer fuego en condiciones de mucha humedad, hormigueros y termiteros de grandes dimensiones y una tarántula del tamaño de una mano. Tras tres horas, llegamos a un vivac hecho con helechos gigantes. Comimos en platos fabricados con hojas de banano y por la tarde salimos a explorar una ruta. Minutos después de echar a andar, el guía nos dijo que llovería en 5 minutos y preguntó si queríamos volver. Regresamos y en pocos minutos empezó a caer una atronadora cortina de agua. Nos cobijamos bajo el vivac hecho con hojas y apenas nos mojamos. Cerca había una poza natural donde aprovechamos para limpiarnos y donde, sorprendentemente, no había bichos. La noche llegó puntual y todo se volvió oscuro a pesar de la luna llena. Nos acostamos en las hamacas para tratar de conciliar el sueño entre tanto sonido. Una de las cosas que más nos gustó es la cantidad de ruidos y sonidos que se escuchan en la noche. A las 3 de la madrugada nos despertó un enorme aguacero. El vivac aguantó. A pesar de los ruidos y la elevadísima humedad se duerme muy bien. Temprano por la mañana iniciamos la vuelta. Ibamos caminando en silencio, cuando Emerson dio un paso para atrás y nos señaló una serpiente coral (blanca, roja y negra) que reptaba tranquilamente.

Más tarde David fue atacado por dos avispas al pasar por un avispero, recibiendo sendos picotazos debajo del labio y en la espalda. Llegamos al campamento y esa tarde pasamos la noche en una comunidad de ribereños. Vivían en casas de madera y paja, tenían animales, pescaban para comer y cultivaban mandioca (tubérculo) con la que hacían una harina que se consume mucho en Brasil (farafé). Parecían no necesitar más que pilas para el radiocassette que sonaba a la luz de las velas. Esa noche tratamos de ir a ver jacares (caimanes), detectables en la oscuridad con linternas, pero una gran tormenta nos hizo volver calados hasta el tuétano. Al amanecer navegamos por un igapó (zona inundada por la crecida del río, cuya variación puede llegar hasta los 10 metros) donde avistamos aves. Es difícil avistar animales, más aún en una zona donde escasean los mosquitos, que constituyen un pilar en la cadena trófica, por la elevada acidez de las aguas negras. De todo, nos quedamos con los olores y sonidos de la selva y con la armonía con la que vive la gente en las zonas que visitamos. Volvimos a Manaos en un bus que estuvo balanceándose durante las tres horas de trayecto y que parecía que fuera a estrellarse en cada momento. David no aguantó, se acercó al conductor y le dijo: "Quiero vivir". La azafata respondió que se trataba de la velocidad normal. Dormir en la selva fue mucho más seguro.


Desde Manaos embarcamos en otra lancha que nos llevaría hasta Belem do Pará, en la desembocadura del Amazonas, tras cuatro noches y cinco días. El viaje fue parecido al primero, muy entretenido. En la primera parte, el cauce se ensancha en el famoso Encontro das Aguas, punto de unión del río Negro y el río Salimoes (color café con leche). Se encuentran las aguas pero no se mezclan, dando lugar un río cuyo cauce es bicolor durante unos kilómetros. Luego sigue ensanchándose hasta que, al final, llega a la desembocadura y se convierte en un laberinto de canales que nos permitieron conocer de cerca a las comunidades que habitan en las orillas. En el barco conocimos a un israelita malabarista que llevaba ocho años viajando, un auténtico trotamundos. Llegando a Belem nos brindó un genial espectáculo de despedida.
En la siguiente crónica os contaremos nuestro recorrido por la costa brasileira hasta llegar a Sao Paolo desde donde tenemos pensado cruzar a las Antípodas.

Un abrazo muy fuerte,
David y María

miércoles, 4 de marzo de 2009

Crónica 13: Por la sierra peruana

Tras nuestro genial fin de semana con Isa teníamos pensado acompañar a Pepe en un viaje hacia el sur y conocer de paso Nazca, Ica y Paracas. Finalmente no salió adelante por un contratiempo, pero Pepe nos propuso una alternativa: cambiar de rumbo radicalmente y dirigirnos a Huaraz. Una amiga suya bióloga, Mariana, trabaja en un plan de reforestación de la zona y justo al día siguiente iban a salir a trabajar sobre el terreno. Sin pensarlo dos veces, compramos el billete y nos embarcamos en el autobús nocturno hacia Huaraz.
Huaraz, a 3.300 metros, es la principal ciudad del denominado Norte Chico y se encuentra rodeada de imponentes y espectaculares nevados, montañas cubiertas de nieve en sus cumbres (algunas de ellas consideradas las montañas más bellas del mundo) y cuya altura llegan de media a los 6.000 metros, siendo el Huascarán el más elevado del Perú con 6.768 msnm y que da nombre al Parque Nacional que más tarde visitaríamos. Por su belleza y sus múltiples opciones, constituye un punto muy atractivo para senderistas y andinistas que invaden Huaraz a partir de abril cuando llega la época seca. A nosotros nos tocaron lluvias y estaba todo el cielo encapotado, salvo el último día. (siguiente foto).

Llegamos temprano y Mariana ya nos estaba esperando a la salida de la estación. Nos montamos en la camioneta donde conocimos al resto del equipo del Instituto de Montaña: Doris, Juancito y Donato, y de ahí, pusimos rumbo hacia el norte, hacia el Parque Nacional del Huascarán donde se encontraba el vivero de quenuales. De camino pasamos por el pueblo de Yungay donde se elevaba un monumento con un Cristo blanco con los brazos abiertos. Nos explicaron que en 1970 tuvo lugar el terremoto de Ancash, nombre de la región. Además de destruir muchos pueblos de la zona, entre ellos el mismo Huaraz, provocó el desprendimiento de un bloque gigante de la cara norte del nevado Huascarán formando un aluvión de hielo y tierra de 1 km de largo, 1 km de ancho y medio km de altura. Se deslizó montaña abajo y, en cuestión de minutos, tras avanzar 15 kilometros a 200 km por hora, sepultó la ciudad por la que pasabamos en ese momento. Se calcula que murieron más de 50.000 personas, salvándose sólo aquellos que estaban en el camposanto y los niños que en ese momento se encontraban en el circo. Escalofriante. Desde Yungay ascendimos por una pista que atravesaba pueblos dedicados principalmente al cultivo de papa y choclo.

Accedimos por una imponente quebrada al parque y recogimos los primeros plantones junto a la laguna de Chinancocha. El proyecto del Instituto de Montaña tiene por fin reforestar las zonas periféricas del Parque Nacional del Huascarán con una especie autóctona: el quenual o polylepis (ver primera foto). Un árbol que crece en zonas de alta montaña. Su corteza es una especie de piel gruesa laminada que desarrolla para protegerse del frío y los locales la utilizan para sacar tintes naturales. Una de las dificultades es que tiene un crecimiento muy lento y es necesario cercar los arboles pequeños para que no se los coma el ganado. Desde
ahí, y tras un tentempie de huevo duro y una mazorca de choclo ofrecida por una señora indígena mientras hablaba con Juansito en quechua, lengua mayoritaria en los pueblos de las sierra, viajamos hacia el pueblo de Hueste pasando por Chiquián, cercano a la famosa cordillera del Huayhuash, otro punto de atracción para andinistas. En el camino vimos la gran actividad minera que se desarrolla en la zona. Al pasar por Recuay, se eleva junto al río los desechos de la mina amontonados o relaves que, según nos contaron, acaban por contaminar las aguas.

En Hueste, y tras un camino de 2 horas por una pista salpicada de pequeños derrumbes debido a las fuertes lluvias, entregamos los árboles a la comunidad.

Al día siguiente repetimos el proceso, pero recogimos los plantones en la quebrada de Quillcayhuanca, otro acceso al parque de Huascarán, donde pudimos ver un petroglifo de antigüedad desconocida.

El tercer dia regresamos a Lima, pues habiamos planeado viajar a Huancayo, también en la sierra, en un tren que sale una vez al mes. Tras pernoctar en casa de Pepe, salimos de la estacion de Montserrate, en el centro de Lima, a las 7 de la mañana. Nos dijeron que la travesía duraría, si no había incidentes, 12 horas y media hasta Huancayo. En el camino contemplamos un paisaje lleno de cerros y nubes a lo largo de 58 puentes (algunos vertiginosos), 69 túneles (auténticas obras de ingeniería) y 6 zigzags (utilizados para ganar altura). Antiguamente esta vía, además de para transportar pasajeros, se empleaba para transportar los metales extraídos de las minas de La Orolla, uno de los principales puntos mineros del país, hasta el puerto de El Callao. En la época de Sendero Luminoso el recorrido entró en desuso y ahora se está tratando de recuperar este trayecto cargado de historia. El momento estrella y esperado, además de disfrutar del paisaje y del traqueteo, es llegar a la estación de Túnel de Galera situada a 4.781 msnm, donde el tren hace una parada . Nos avisaron de bajar despacio y caminar lentitos. Bien, pues una chica canadiense sentada de espaldas a nosotros parece que no se enteró, porque al silbato del tren que anunciaba la reanudacion del viaje, salió corriendo y cayó al suelo de la misma. Por suerte, despertó al de poco. Cuando la enfermera vino a traerle el oxígeno, David les ayudó en la comunicación, un incidente que sirvió para conocer a la pareja y charlar con ellos hasta el final del viaje. El tren avanzó lento y tranquilo hasta que se detuvó cerca del pueblo de Jauja, a 40 minutos del destino final. La locomotora se había recalentado. Tras una hora de espera, y alguna protesta, vinieron buses de la ciudad a buscarnos. Nos pegamos a la pareja canadiense que ya tenía el hostal reservado. En el trayecto conocimos a Alfredo, un limeño que se había escapado de fin de semana, y a Johanna, una alemana que estaba viajando por Perú. En el hostal se uniría a nuestro espontánea grupo Raúl, un estudiante limeño. Al dia siguiente, decidimos hacer un recorrido por la zona. En lugar de contratar una excursión, acordamos un precio con un taxista con un deportivo de precioso color canario que nos llevó a conocer la laguna Paca (ver foto), que tantas leyendas esconde y donde jugamos al sapo o rana.

De ahí fuimos a comer a un criadero seminatural de truchas, lugar de esparcimiento muy popular en la zona, y terminamos el recorrido visitando el convento franciscano de Ocopa. Este ultimo fue sobre todo un centro de formación de misioneros que más tarde realizaban sus misiones por la selva del Perú. Lo mejor, la biblioteca. No hay foto, porque prohibían el ingreso de la cámara. De vuelta fuimos a un restaurante con bailes y cantos típicos de la sierra. Una cerveza llevó a otra, un pisco al siguiente y acabamos en el Tah Majal, una discoteca de moda con dos ambientes. Uno era de rollo bailoteo, donde casi todo el mundo bailaba al ritmo de la cumbia. A María le daba el mal de altura cada vez que salía a la pista. En la otra sala un grupo tocaba canciones de los 80, música de muy buena calidad. No imaginabamos que en Huancayo fueramos a encontrar tanto ambiente. Lo que empezó con una inofensiva cena acabó con una buena juerga, y todo a 3.200 msnm.

El domingo visitamos el mercado de Huancayo, aprovechamos para recuperarnos de la noche anterior y regresamos en el mismo tren hasta Lima, esta vez nocturno. Paró durante dos horas en la ciudad minera de La Orolla por un huayco, un derrumbe de tierra que había afectado la vía. Llegamos a Lima por la mañana y los días siguientes aprovechamos para despedirnos de Isa, de Pepe y su familia y, en parte, de Perú, un pais que nos ha dejado huella. Nuestro siguiente destino era Iquitos en la Amazonia peruana. En la siguiente crónica hablaremos de nuestro paso por el Amazonas. A dia de hoy, estamos en la Triple Frontera (Brasil, Peru y Colombia) y mañana embarcaremos en un barco por el Amazonas con destino a Manaos (Brasil) que tardará, según nos han dicho, 3 noches y cuatro dias. Ya os contaremos si nos comen los mosquitos.


Un abrazo,
David y Maria

domingo, 1 de marzo de 2009

Crónica 12: Un finde con Isa

Nos encontramos con Isa en la estación de autobuses a la vuelta de nuestro viaje por el norte. Tras los abrazos y la puesta al día sobre nuestras vidas, tomamos un carro por las congestionadas calles de Lima. En Lima, el medio de locomoción más utilizado son los combis o carros (minivan) que cubren prácticamente todos los distritos de la ciudad y suelen transitar como kamikazes a la caza del pasajero en una lucha feroz con la competencia. En ellas van un conductor y un boletero. Este último se encarga de pregonar los destinos a los viandantes, muchas veces acosándolos, cobra el pasaje y organiza los "paraderos" para botar a los viajeros casi en marcha. Eso sí, al final se les coge cariño, o eso dice Isa. Apretujados, llegamos al distrito de Bellavista en la provincia de El Callao, hogar de Isa. Una vez instalados y adecentados salimos a pasear por el centro de este histórico lugar. Visitamos su mercado, su puerto, el más importante del Perú y sede de la marina. Paseamos por la playa de piedras y por la exclusiva zona de la Punta. Desde aquí se divisaba la Isla del Frontón, en la que antiguamente había un presidio. Volvimos a casa para comer y conocimos al resto de la comunidad: María José, Izaskun, María, Josu y Juan Luís, quienes enseguida nos hicieron sentir como en casa. La comunidad ADSIS tiene una labor social y educativa en el barrio que sufre de una pobreza enquistada. En la planta superior, la casa cuenta con una biblioteca y varias salas donde organizan actividades extraescolares para los niños del barrio. Por la tarde, Isa nos llevó a conocer el Parque Jesús María en el centro de Lima y el "Ojo que llora", un monumento en memoria de todas las victimas de la denominada época del terror que vivió el Perú con Sendero Luminoso y en la que se calcula que murieron más de 70.000 personas a manos de los senderistas y del ejército. Después del paseo, le llevamos a Isa a uno de los sitios que nos había enseñado Pepe: el Bembos, una cadena de hamburgueserías peruana que se lo pone muy difícil a las de siempre ya que son igual de rápidos pero ofrecen una calidad superior. De Miraflores fuimos a la zona de marcha de Barranco para terminar de celebrar nuestro encuentro con unos pisco sour (bebida nacional a base de pisco, jugo de limon, jarabe de goma, amargo de angostura y clara de huevo) y unas cervezas.

Al día siguiente, Isa nos llevó a Pachacutec, un asentamiento humano al norte de Lima. Pachacutec es una barriada de casas construidas a base de adobe y esteras de madera sobre varías dunas gigantes que crece sin parar recibiendo familias de Lima y de la Sierra que buscan alternativas más económicas. (* Nota: la foto que mostramos no es nuestra. Ese día optamos por no pasear la cámara.) Visitamos la Universidad de reciente construcción desde donde se divisaba un convento de clausura de monjas danesas con vistas espectaculares sobre el Pacífico. Regresemos para celebrar el día de la amistad (14 de febrero) en casa de Isa junto con otros jóvenes voluntarios de El Callao con quienes cenamos muy a gusto y echamos unas divertidas partidas al Pictionary.

El domingo fuimos de excursión a las concurridas playas del Sur pasando por Pachacamac. Este complejo arqueológico fue en sus orígenes un centro ceremonial, posteriormente fue conquistado por los wari y luego por los incas, los cuales añadieron sus propios palacios y templos. Un tanto sofocados por el calor, decidimos ir a refrescarnos a la cercana playa del Silencio. Una playa abarrotada de puestos, chiringuitos, hamacas, sombrillas y toallas, que tenía todo menos silencio. El mar estaba bravo y un tanto sucio. Salimos del agua llenos de arena y de plumas de gallina, aún nos preguntamos de dónde saldrían las plumas. Heladito y a casa en combi conducido por un chofer adormilado que en una ocasión por poco nos lleva al otro barrio por 4 soles. Para rematar el día y a modo de despedida (temporal porque volveríamos a vernos una semana después), cenamos unos riquísimos anticuchos (pinchos morunos de corazón de vaca) y en un chifa (comida china) con Inka Cola, ¡más "peruvian" imposible! ¡Un fin de semana irrepetible!

El lunes nos preparamos para nuestro siguiente destino: la Sierra.

Un abrazo,
David y María

sábado, 28 de febrero de 2009

Crónica 11: Costa norte del Perú

Tras la intensa semana, nos quedamos en Lima para descansar y organizar los siguientes pasos del viaje. Pepe, no sólo nos acogió en su casa con su familia, sino que además nos ayudó a organizar nuestro viaje por todo el Perú, dándonos puntos de interés, contactos y consejos. También nos enseñó sus sitios favoritos para comer, donde catamos platos ricos como el pulpo al olivo, la causa y el ceviche.
Descansados, montamos en un autobús con destino al pueblo de Máncora, balneario de moda por su playa y sus olas cerca de la frontera con Ecuador y, según la guía, el secreto peor guardado del país. En Perú la mayoría de la gente se desplaza en bus. Como siempre, existe un amplio abanico de compañías y servicios. Los más seguros son los que van directos ya que suelen ocurrir asaltos. Este problema hace que algunas compañías extremen las precauciones, por lo que no es de extrañar que, antes de iniciar un viaje, uno pase por un control de metales, sea cacheado, sea grabado con cámara y, por último, vea que el conductor porta un arma (a ver quién es el intrépido que le pide que reduzca la velocidad). Hace poco leíamos en la prensa local cómo dos asaltantes habían muerto al intentar abordar un bus por la intervención de tres pasajeros; se equivocaron de bus. En esta línea, otras noticias también mostraban cómo en Perú mucha gente toma la justicia por su mano ante la ineficacia del llamado "palacio de la injusticia". Ese mismo diario contenía una noticia de un grupo de personas en un pueblo que había sitiado literalmente una comisaría y amenazaba con quemarla si no les dejaban ajusticiar personalmente a dos delincuentes presos que supuestamente habían atracado y matado a dos ancianos. Eso si, a nosotros no nos ha pasado nunca nada, la gente nos ha tratado genial y nos hemos sentidos seguros, a pesar de las advertencias.
Toda la costa de Perú es un desierto atrapado entre el Pacífico y los Andes. La Panamericana recorre este desierto de norte a sur. Nosotros subimos por la Panamericana Norte y llegamos por la mañana a Máncora. Nada más bajarnos un calor pegadizo y asfixiante nos recordó que estábamos muy cerca de una zona tropical. Este pueblo también tiene fama de estar maleado por el contrabando de drogas dada su cercanía a la frontera. La Panamericana lo corta por la mitad. En el norte uno de los principales medios de locomoción es el mototaxi, una moto con dos ruedas posteriores que soportan una "carroza" a modo de ricksaw. Nos montamos en uno y buscamos alojamiento sorteando camiones de dos remolques y personas cruzando la carretera delimitada por chiringuitos y puestos de ropa. Nos compramos unas toallas y nos plantamos en la playa bajo una sombrilla para protegernos del calorazo. Alquilamos una tabla de surf y nos pasamos los dos días en el agua. Por suerte, la corriente cálida de El Niño bañan esas costas. El primer día tuvimos la "suerte" de tener por vecinos de toalla a un grupo con un coche, maletero abierto, que emitía cumbia para toda la playa. Tomaban y tomaban hasta que un comentario de unos locales desencadenó una batalla campal. Cuando vimos volar la primera botella, decidimos que no estábamos en el lugar más seguro de la playa y salimos disimuladamente.
Al día siguiente abandonamos la costa para conocer la ciudad de Piura, en el interior. Nos habían avisado del calor sofocante, pero tuvimos buena suerte y pudimos disfrutar de la tranquila pero animada ciudad. Allí nos encontramos con Lorena y Luís, dos cooperantes españoles conocidos a través de Elena, la mujer de Pepe, con los que vivimos la tarde-noche piurana. Desde Piura partimos hacia Chiclayo por la carretera que atraviesa parte del desierto de Sechura, el más grande del Perú, donde podríamos decir que iniciamos nuestra ruta arqueológica preincaica. Chiclayo es una ciudad que sirve como base para visitar las ruinas moche existentes en los alrededores. Nuestra primera parada fue Lambayeque donde se halla el moderno museo de las Tumbas Reales de Sipán que alberga todos los objetos descubiertos en la huaca Rajada, un templo funerario del imperio moche que pobló la costa peruana entre los años 100 y 600 d.C. Según nos contaron, uno de los principales problemas a los que se enfrenta la arqueología en Perú son los huaqueros, saqueadores de tumbas. Para cuando Walter Alva, arqueólogo descubridor del Señor de Sipán que representa la máxima autoridad en la cultura moche, muchos de estos saqueadores habían hecho estragos. El museo narra la historia y exhibe los ornamentos y osamentas originales hallados, como p.ej. las narigueras de oro, utilizadas por el Señor de Sipán para ocultar cualquier muestra de expresión al ser considerado éste una deidad.
Otro museo interesante de Lambayeque es el museo Bruning donde muestran el desarrollo de la cerámica en las diferentes culturas preincaicas que poblaron los valles-oasis a lo largo del desierto. Tras el día de museos y empapados de la fascinante cultura moche, pasamos a visitar las ruinas arqueológicas. El primero de ellos estaba en Ventarrón, aún en proceso de excavación a cargo de Ignacio Alva, hijo de Walter Alva y emplazado entre extensos cultivos de caña de azúcar que constituyen el sustento de muchos habitantes de la zona. En Ventarrón, un pueblito que hace honor a su nombre, recorrimos las excavaciones e incluso nos permitieron echar un vistazo a las pinturas murales de colores rojos y blancos más antiguas de América. Tuvimos la oportunidad de charlar con Ignacio, gracias a que Pepe había participado en un documental sobre el Sr. de Sipán con Walter Alva. De seguido fuimos hasta la huaca Rajada a visitar la tumba sobre el terreno. En todos nuestros trayectos por la zona íbamos viendo en el campo montículos de arena desgastados por la lluvia, el viento y el tiempo, que son huacas, vestigios vivos de la cultura preincaica. Antes de proseguir la ruta hacia el siguiente destino, María volvió a tener un incidente con una cisterna de baño, esta vez en el hotel: se la cargó, inundando de nuevo el baño, y la tuvimos que pagar. *Nota de David: No es la primera ni será la última, ¿apuestas?
Nuestra última parada antes de regresar a Lima para reunirnos con Isabel, fue Huanchaco, un pueblo a orillas del Pacífico conocido por su excelente pescado, su cercano complejo arqueológico de Chan Chan, la policromada Huaca de la Luna y el Sol, los caballitos de Totora y por ser, según el que nos alquiló las tablas, la cuna del surf. Visitamos Chan Chan, una antigua ciudad frente al mar de la cultura preincaica chimu que tuvo numerosas influencias en la cultura inca. Curiosamente, estos últimos, según la guía, se los cargaron cortándoles el agua que bajaba del cerro. En uno de sus recintos amurallados abiertos al público observamos su arquitectura basada en el adobe, cómo utilizaban también sistemas antisísmicos, dominaban la pesca e incluso conocían el fenómeno del Niño y el comportamiento de las corrientes.
Terminada la ruta arqueológica aprovechamos para descansar y practicar surf en las bravas y frías aguas del pacífico. Información para surfistas: cerca de Huanchaco está Punta Chicama, que tiene una ola que se puede "correr" a lo largo de cuatro kilómetros. También vimos cómo los locales se enfrentaban a las olas en sus caballitos de totora (embarcación hecha a partir de juncos) y lanzaban sus redes. Una tarde fuimos al malecón a pescar. Mientras lo intentábamos y conversábamos con algún pescador incondicional del muelle, veíamos como otros locales iban más allá e intentaban pescar cormoranes con peces de cebo. Por la noche asistimos a la celebración del 188 aniversario del pueblo. Hubo una verbena en familia y un colorido despliegue de fuegos.

De ahí tomamos un bus nocturno a Lima. A la mañana siguiente nos encontramos con Isa, amiga de María.


Un abrazo,
David y María

jueves, 26 de febrero de 2009

Crónica 10: Segunda visita, Cusco y Lima

Cuzco fue el punto de encuentro con nuestra segunda y esperada visita: venían Pepi, Pili y Álvaro. Nosotros llegamos dos días antes desde Bolivia por si nos cerraban las fronteras el día 25 de enero por el referéndum y para tener dos días de aclimatación a sus 3.400 msnm. Cuzco o Cusco (Qosqo, que significa ombligo del mundo en quechua) es una ciudad que vive esencialmente por y para el turismo, de hecho, a veces resulta hasta agobiante andar por sus adoquinadas calles y conservada Plaza de Armas donde uno es abordado constantemente por vendedores de todas las edades ofreciendo souvenirs de toda índole.

El domingo 25 recibimos en el aeropuerto a Pepi, Pili y Álvaro. Iba a ser una visita corta pero intensa. Ese mismo día, a pesar del "jet lag" y el soroche de los recién llegados, fuimos a conocer el mercado de San Pedro acompañados de Ana, la que sería nuestra guía en Cuzco. Empezamos primero visitando las inocentes secciones de frutería y verdulería observando la gran variedad de productos de la sierra cuzqueña: tuna (higo chumbo), maíces morados (con la que se prepara la refrescante bebida de chicha morada), yuca, rocoto (un pimiento picante), etc., pasamos por las secciones de comedores, puestos de abarrotes y de productos medicinales, cactus alucinógenos y ofrendas a la Pachamama (madre Tierra) para pedir abundancia. Acabamos en la terrorífica sección de carnicería en la que una cabeza de res nos dio la bienvenida. Un tanto disgustados por el olor, abandonamos el mercado a paso ligero y sin tomar el jugo que inicialmente nos había apetecido. De ahí continuamos hasta el tradicional barrio de San Blas, hogar de los mejores artesanos de la ciudad, y visitamos un muro inca ubicado en la calle de Hatunrumiyoc que contiene piedras poligonales de hasta 12 lados. A lo largo de todas nuestras visitas a ruinas incas pudimos admirar la excelencia constructiva de esta civilización que se prolongó desde 1200 d.C hasta la llegada de los españoles. Terminamos el primer día yendo a una representación de danzas típicas regionales que se celebraba en el Centro Cultural.

A la mañana siguiente partimos de madrugada hacia el plato fuerte de la visita: la ciudad perdida de Machu Picchu. Tras seis zigzag para salir de Cuzco y tres horas de viaje, el tren llegó al pueblo de Aguas Calientes. Ahí montamos en un autobús que nos subió hasta la entrada de la ciudad inca.

Según nos explicó Ana, Machu Picchu (montaña vieja en quechua) fue una ciudad sagrada construida por más de 20.000 hombres para la élite inca. Rodeada de terrazas destinadas a la agricultura, su centro presenta todos los elementos más importantes de la cultura incaica: desde un templo dedicado al sol donde realizaban sus ofrendas, pasando por puntos elegidos para el estudio de la astronomía hasta estancias del sacerdote y del Inca, el jefazo. Además de su espectacular emplazamiento, destaca por su perfecta arquitectura en la que utilizaban piedras poligonales (de hasta 42 lados) que encajaban como un puzzle sin argamasa, además eran antisísmicas. Visitar Machu Picchu en época de lluvias tiene el inconveniente de que, si entra la niebla, uno sólo alcanza a ver las ruinas por contacto, pero la ventaja es que uno lo visita con muy poca gente. Nosotros fuimos afortunados con el tiempo y el sol lució.

El tercer día recorrimos los pueblos a través del denominado Valle Sagrado. Visitamos un centro de llamas y alpacas donde también había un centro de tejidos tradicionales. Entre otras cosas, nos enseñaron cómo tejían y el origen de los tintes naturales. A modo informativo, sabed que el textil más caro es el de vicuña porque es una especie que no se puede domesticar. Preguntamos por curiosidad cuánto costaba una bufanda de vicuña y nos respondieron con la escalofriante cifra de 500 euros. Paramos en el pueblo de Pisac para hacer alguna compra, regateo incluido, en el mercado. En el pueblo probamos un pan dulce recién salido de un horno de ladrillo, donde, en ocasiones especiales, cocinan un plato tradicional de la zona: el cuy (una cobaya). No lo probamos, pero tampoco nos quedamos con las ganas de hacerlo, ya que el pobre roedor queda tieso como el palo de una escoba tras su paso por el horno y no resulta muy apetecible. A mediodía llegamos a una de las ciudades más importantes del valle: Ollantaytambo. Al igual que ocurre en muchos pueblos del valle, Ollantaytambo, además de la agricultura, explota sus ruinas y vive en gran parte del turismo. Posee unas ruinas incas dignas de admiración, sobre todo por su exquisita técnica arquitectónica y la distribución de los andenes (terrazas sobre una ladera utilizadas para el cultivo). Desde el alto donde descansan las ruinas es posible observar claramente la cantera, situada a 8 Km. río abajo, desde donde los obreros debían traer rocas enormes a medio pulir para construir los muros. Sobre la roca madre de la montaña de enfrente se aprecia también el rostro modelado de Tunupa (una deidad inca) con cara de pocos amigos. Todo un trabajito. Es una pena que se sepa tan poco de una civilización tan avanzada, pero quizá, este misterio que ronda todo lo inca lo hace aún más interesante. Regresamos a Cuzco pasando por una ruta más montañosa desde donde divisamos el nevado de la Verónica, que, caprichoso, apenas se dejaba ver, y haciendo una parada en la antigua iglesia jesuita de Montserrat en Chinchero.

El cuarto día nos iba a deparar una grata sorpresa. Visitamos el complejo hidráulico de Tipón, a 25km de Cuzco. Lloviznaba, estábamos solos y subimos a contemplar esta ejemplar obra de ingeniera hidráulica que aún se estudia. Es un conjunto de plataformas a modo de terrazas que ascienden por una ladera. Desde la parte de arriba brota un manantial que desciende progresivamente pasando por todas las plataformas por un intrincado de canaletas de piedra. Según Ana, se cree que los incas lo utilizaban para experimentar con cultivos aprovechando la diferencia de temperaturas entre cada terraza. Por la tarde visitamos el santuario de El Coricancha, corazón de la civilización Inca y dedicado al Sol, que albergaba muros originales recubiertos de oro y la Catedral, cargada de historia y arte cuzqueño.

El último día nos despedimos de Cuzco y volamos hasta Lima. Lima es una ciudad gigante en la que habitan más de 9 millones de personas. Es como si uniéramos Madrid y Barcelona, las estiráramos y las plantáramos en un desierto en la costa. Tiene fama de gris porque está cubierto de un manto de nubes grises que amaga pero no descarga, pero a nosotros nos recibió despejada. Al llegar, tuvimos un pequeño percance con las maletas. Pepe, el organizador del tour y luego gran anfitrión, lo arregló con suma eficacia. El vuelo de regreso a Madrid salía por la tarde, así que Pepe nos llevó a hacer una visita fugaz por Lima. Primero fuimos hasta el Centro, pasamos por el colorido barrio de Rimac, vimos las playas y, entre otros, conocimos los barrios residenciales de Miraflores, San Isidro y el alternativo de Barranco, e incluso nos dio tiempo a tomar un ceviche (pescado crudo aderezado con limón) en el bar Cordano, uno de los bares más típicos de la capital y, según los rumores, posible punto de gestación de algunos golpes de estado.

Lo dicho, cinco días muy intensos e inolvidables.
¡Que sigan bien!
Un abrazo para todos.

David y María