
Iquitos nos recibió con lluvia. Rescatamos las maletas que habían llegado 5 horas antes y nos dirigimos al céntrico hotel que nos había recomendado un amigo de Pepe. Además del radical cambio de clima, lo primero que se percata uno en Iquitos es que el coche es un rara avis, ya que está plenamente tomado por motocarros y motos.
A todas horas se escucha un ronroneo de pequeños motores. Llevar casco debe de estar prohibido, porque nos vimos a nadie con uno, ni a los policías. Luego nos contaron que hace tiempo trataron de hacerlo obligatorio, pero la gente se negó alegando que hacía excesivo calor. La mayoría de conductores no sólo no llevaban casco, sino que hacían su vida en las motos: vimos como una mujer le daba pecho a un bebe a 50 km por hora.
En su libro "El río de la desolación", el escritor Javier Reverte recorre el Amazonas desde casi su nacimiento y detalla muy bien la terrible historia que esconde el Amazonas en sus entrañas. Muy recomendable, más aún si uno viaja por estos lares. En Iquitos, destacan sus edificios de cambio de siglo adornados con azulejos traídos de Portugal, su malecón donde nos atrevimos a bailar en una verbena con motivo del Carnaval y las casas flotantes del Barrio de Belem, donde aprovechamos para comprar las hamacas que necesitaríamos para llegar hasta el Atlántico.Desde Iquitos, teníamos pensado cruzar hasta Brasil por la denominada Triple Frontera, compuesta por las localidades de Tabatinga (Brasil), Santa Rosa (Perú) y Leticia (Colombia). En lugar de tomar un barco de tres días, por la prisa, embarcamos en un rápido (deslizadora) que cubría el trayecto entre Iquitos y Tabatinga en menos de 12 horas. Equipado con potentísimos motores, planeamos hasta Santa Rosa sorteando todo tipo de troncos y vegetación. Ahí nos esperaba Daniel, conocido a través de un contacto de Isabel, que nos ayudaría con el tema de la frontera. Sellamos la salida de Perú y cruzamos a Tabatinga y Leticia situados en la orilla opuesta. Nos quedamos tres días en la Triple Frontera para esperar al barco hacia Manaos. Aprovechamos para arreglar los trámites migratorios y conocer la vida en las dos ciudades para lo que alquilamos una moto.
Leticia y Tabatinga están separadas únicamente por una avenida, sin embargo, guardan algunas diferencias además de su lengua y cultura. Una de ellas es que en Leticia es obligatorio el uso del casco y en la parte brasileira no, por lo que antes de pasar a Leticia es preciso parar en un puesto para alquilar uno. Como decía Reverte en su libro, se podría definir la Triple Frontera como tres almas en un mismo cuerpo. Ese día, Leticia nos depararía una grata sorpresa, ya que andando por la calle nos encontramos al Dr. Patarroyo, una eminencia mundial en el desarrollo de la vacuna contra la malaria. Cómo no, le paramos, o más bien le perseguimos para saludarle, y charlamos un poquito con él, foto incluida.
En la "zona de ocio" suele haber un bar y un televisor que de forma casi ininterrumpida muestra vídeos de música brasileña que hipnotiza a los locales. En nuestro caso el hit del momento era el estilo denominado forro electrónico. A pesar de las apariencias, son viajes cómodos y entretenidos, y sin mosquitos, que afortunadamente no pueden mantener la velocidad del barco. Eso sí, el estómago debe estar preparado para comer dos veces al día arroz y frijoles durante tres días. La primera noche nos despertó de madrugada la policia federal de Brasil para hacer un control de drogas. El registro fue de película. Veníamos de la Triple Frontera, una zona candente del narcotráfico en la que se viven constantes ajustes de cuentas entre las partes. La policia fue mochila por mochila revisándolo todo. Por ejemplo, a nuestro vecino de hamaca que portaba una rama cargada de bananos le abrieron el troncho en busca de droga. Otro pasajero, que al parecer estaba un tanto ebrio, cometió el craso error de negarse a abrir su bolsa y provocar un forcejeo. Lo sacaron del barco y lo metieron en una celda improvisada. El barco lo dejó en tierra. Nos dijeron que ahí estaría a pan y agua hasta la llegada del próximo barco, en tres días.
Manaos es la ciudad más grande de toda la cuenca del Amazonas. Cuenta con más de dos millones de habitantes y posee, como Iquitos, un aire decadente y también parece añorar su época dorada del boom cauchero. El afán por lo francés les llevó a construir una réplica de la ópera de París y una imitación perfecta del mercado de Les Halles. Nuestros primeros dos días en Manaos los aprovechamos para conocer la ciudad, ir a bañarnos con conocidos del barco a Punta Negra, un Akarlanda amazónico y contratar una excursion de cuatro días a la selva. 
Nos dijeron que era un bosque primario y en el camino apreciamos la exhuberante riqueza de la selva. Emerson nos iba contando las propiedades, nombres y usos de las diferentes plantas a medida que ibamos avanzando por el camino. Vimos el árbol del caucho, el de la quina (antimalárico natural), un árbol de cera que permite hacer fuego en condiciones de mucha humedad, hormigueros y termiteros de grandes dimensiones y una tarántula del tamaño de una mano. Tras tres horas, llegamos a un vivac hecho con helechos gigantes. Comimos en platos fabricados con hojas de banano y por la tarde salimos a explorar una ruta. Minutos después de echar a andar, el guía nos dijo que llovería en 5 minutos y preguntó si queríamos volver. Regresamos y en pocos minutos empezó a caer una atronadora cortina de agua. Nos cobijamos bajo el vivac hecho con hojas y apenas nos mojamos. Cerca había una poza natural donde aprovechamos para limpiarnos y donde, sorprendentemente, no había bichos. La noche llegó puntual y todo se volvió oscuro a pesar de la luna llena. Nos acostamos en las hamacas para tratar de conciliar el sueño entre tanto sonido. Una de las cosas que más nos gustó es la cantidad de ruidos y sonidos que se escuchan en la noche. A las 3 de la madrugada nos despertó un enorme aguacero. El vivac aguantó. A pesar de los ruidos y la elevadísima humedad se duerme muy bien. Temprano por la mañana iniciamos la vuelta. Ibamos caminando en silencio, cuando Emerson dio un paso para atrás y nos señaló una serpiente coral (blanca, roja y negra) que reptaba tranquilamente.
Más tarde David fue atacado por dos avispas al pasar por un avispero, recibiendo sendos picotazos debajo del labio y en la espalda. Llegamos al campamento y esa tarde pasamos la noche en una comunidad de ribereños. Vivían en casas de madera y paja, tenían animales, pescaban para comer y cultivaban mandioca (tubérculo) con la que hacían una harina que se consume mucho en Brasil (farafé). Parecían no necesitar más que pilas para el radiocassette que sonaba a la luz de las velas. Esa noche tratamos de ir a ver jacares (caimanes), detectables en la oscuridad con linternas, pero una gran tormenta nos hizo volver calados hasta el tuétano.
Al amanecer navegamos por un igapó (zona inundada por la crecida del río, cuya variación puede llegar hasta los 10 metros) donde avistamos aves. Es difícil avistar animales, más aún en una zona donde escasean los mosquitos, que constituyen un pilar en la cadena trófica, por la elevada acidez de las aguas negras. De todo, nos quedamos con los olores y sonidos de la selva y con la armonía con la que vive la gente en las zonas que visitamos. Volvimos a Manaos en un bus que estuvo balanceándose durante las tres horas de trayecto y que parecía que fuera a estrellarse en cada momento. David no aguantó, se acercó al conductor y le dijo: "Quiero vivir". La azafata respondió que se trataba de la velocidad normal. Dormir en la selva fue mucho más seguro.
Se encuentran las aguas pero no se mezclan, dando lugar un río cuyo cauce es bicolor durante unos kilómetros. Luego sigue ensanchándose hasta que, al final, llega a la desembocadura y se convierte en un laberinto de canales que nos permitieron conocer de cerca a las comunidades que habitan en las orillas. En el barco conocimos a un israelita malabarista que llevaba ocho años viajando, un auténtico trotamundos. Llegando a Belem nos brindó un genial espectáculo de despedida.








De ahí fuimos a comer a un criadero seminatural de truchas, lugar de esparcimiento muy popular en la zona, y terminamos el recorrido visitando el convento franciscano de Ocopa. Este ultimo fue sobre todo un centro de formación de misioneros que más tarde realizaban sus misiones por la selva del Perú. Lo mejor, la biblioteca. 
Apretujados, llegamos al distrito de Bellavista en la provincia de El Callao, hogar de Isa. Una vez instalados y adecentados salimos a pasear por el centro de este histórico lugar. Visitamos su mercado, su puerto, el más importante del Perú y sede de la marina. Paseamos por la playa de piedras y por la exclusiva zona de la Punta. Desde aquí se divisaba la Isla del Frontón, en la que antiguamente había un presidio.
Volvimos a casa para comer y conocimos al resto de la comunidad: María José, Izaskun, María, Josu y Juan Luís, quienes enseguida nos hicieron sentir como en casa. La comunidad ADSIS tiene una labor social y educativa en el barrio que sufre de una pobreza enquistada. En la planta superior, la casa cuenta con una biblioteca y varias salas donde organizan actividades extraescolares para los niños del barrio. Por la tarde, Isa nos llevó a conocer el Parque Jesús María en el centro de Lima y el "Ojo que llora", un monumento en memoria de todas las victimas de la denominada época del terror que vivió el Perú con Sendero Luminoso y en la que se calcula que murieron más de 70.000 personas a manos de los senderistas y del ejército. Después del paseo, le llevamos a Isa a uno de los sitios que nos había enseñado Pepe: el Bembos, una cadena de hamburgueserías peruana que se lo pone muy difícil a las de siempre ya que son igual de rápidos pero ofrecen una calidad superior. De Miraflores fuimos a la zona de marcha de Barranco para terminar de celebrar nuestro encuentro con unos pisco sour (bebida nacional a base de pisco, jugo de limon, jarabe de goma, amargo de angostura y clara de huevo) y unas cervezas.


El lunes nos preparamos para nuestro siguiente destino: la Sierra.















